22 de noviembre de 2010

Los modos de existencia de la crítica: el estudio de la expertise profana.

¿Qué implica tener una postura crítica ante la sociedad? Esta interrogante resulta importante de examinar al momento de situar el sentido de un colectivo como Otra Distancia, agrupación de investigadores que nace con una abierta vocación de análisis y crítica de la sociedad chilena actual. El propósito de este texto no es proponer un tratado sobre la noción de crítica ni mucho menos (que implicaría, por ejemplo, remontarse a la La Crítica de la razón pura de Kant) sino, mucho más modestamente, explorar algunos de los modos de existencia que puede adoptar este recurso extremadamente importante, en la forma en que nos aproximamos y conocemos el mundo.  

En Las reglas del método sociológico E. Durkheim sostenía que la única forma de constituir un campo científico propio a las ciencias sociales, es prohibiendo a la novata profesión el empleo de conceptos y palabras provenientes de los públicos no expertos. Son las ideas preconcebidas (prenociones en léxico de Durkheim) acerca de los fenómenos sociales, las que debemos combatir y criticar metódicamente para entrar al mundo de la ciencia reflexiva. Las nociones de sentido común representan una suerte de velo negro que se entrepone entre nosotros y las cosas, obstaculizando el conocimiento objetivo de la realidad.

Bajo una perspectiva bastante similar, uno de los mayores sociólogos críticos de todos los tiempos, Pierre Bourdieu, abogó por que la sociológica fuera concebida como una ciencia tal como es la matemática o la química. Para ello es indispensable nuevamente tomar distancia respecto a los discursos corrientes de los individuos. En El oficio del sociólogo, el sociólogo francés llama a adoptar una “ruptura epistemológica” respecto a las representaciones del sentido común y una actitud vigilante a los riesgos de contaminación.  Para el autor de La Distinción, “le fait est conquis contre l'illusion du savoir immédiat” (el hecho se conquista contra la ilusión del saber inmediato) y solamente haremos ciencia en la medida que realicemos este trabajo sistemático de ruptura y depuración epistemológica.

Este distanciamiento con las ideas de sentido común se apoya en dos recursos básicos para la sociología bourdiesiana: la reflexividad y la crítica. Mientras el primer recurso habilita al científico para comprensión de las condiciones de producción de su saber (la famosa reflexividad sociológica) la capacidad de crítica es lo que autoriza al científico social denunciar los mecanismos invisibles que gobiernan nuestra sociedad. La crítica supone un proceso de develamiento, es decir, mostrar las condiciones de opresión o injusticia que los individuos o colectivos que estudiamos ignoran. De esta manera, para Bourdieu el saber producido por los científicos sociales debe ponerse al servicio de la liberación de esos factores inconcientes con las que cargan los individuos inconcientemente.

No hay que ser demasiado suspicaz para darse cuente que este tipo de ciencia social reposa sobre un supuesto fuerte: por un lado tenemos a un grupo de iluminados, representado por los cientistas sociales críticos y reflexivos, bien preparados y equipados para revelarnos los factores que nos determinan y, por otro lado, está la vasta masa individuos que se encuentran atrapados al devenir de las circunstancias y, por lo mismo, carentes de los instrumentos de emancipación.

Esta distinción epistemológica entre saber común y saber reflexivo - y con ello la abierta supresión de los públicos profanos en la capacidad de crítica social – ha determinado en gran medida la forma de concebir el estatuas del científico social y probablemente también los modos de operar de los policy makers en la concepción de las políticas públicas. En base a este minucioso trabajo de demarcación y protección contra todo bárbaro externo, las ciencias sociales han tratado de entrar al sagrado olimpo del saber objetivo.
Restituir la palabra a los actores.

¿Hata qué punto resulta pertinente seguir defendiendo y expandiendo este postulado que lleva a separar el mundo en dos clases de sujetos, los profesionales de la crítica y la reflexividad, y por otro lado, los sometidos a las ilusiones y creencias? Y más específicamente, ¿qué consecuencias prácticas tiene esta forma de producir conocimiento social?

Confieso que me siento mucho más cercano a un movimiento que, desde hace ya unos cuantos años y proveniente de diferentes campos, esta llevando a cabo un trabajo de sabotaje de esta asimetría que divide el mundo entre la casta de iluminados y profesionales de la crítica, y otra compuesta por individuos crédulos que no saben bien por qué hacen lo que hacen. Estos enfoques, que por no encontrar término mejor podríamos denominar de pragmatistas (para una comprensión filosófica de esta perspectiva ver aquí), no han tenido miedo en cuestionar supuestos sumamente arraigados en la manera de hacer y producir ciencia social.  Articulados casi siempre por un gran apego al trabajo empírico, y con una buena dosis de atrevimiento y rebeldía, este nuevo estilo de hacer ciencias sociales trata de rehabilitar el papel de los actores, no para moralizar o observar sus prácticas desde arriba, sino para examinar la manera en que estas prácticas se realizan y se ajustan a diferentes situaciones de la vida corriente. Se parte del supuesto de que las personas ordinarias, aquellas que son consideradas como “ilusas” por la ciencia sociales críticas, son actores enteramente creativos y competentes, e incluso muy a menudo, mucho menos obvios que los cientistas sociales que tienden a definir por adelantado las causas que determinan el mundo y las categorías a través de los cuales hay que analizarlo.

Sin duda los trabajaos de Garfinkel representan los primeros esfuerzos por tratar de desmitificar el status del sociólogo profesional como un iluminado crítico, y mostrar a través de diferentes investigaciones empíricas, que los individuos lejos de ser agentes manipulados por fuerzas que ellos ignoran, son verdaderos virtuosos de la experimentación social. El actor es, en cierta forma, un sociólogo en estado práctico nos dice Garfinkel. El programa etnometodológico que inaugura Garfinkel busca desalojar los metalenguajes y los conceptos totales de la batería de herramientas sociológicas, que a fuerza de proveer grandes explicaciones sobre lo social terminan dejando mudos a los individuos. Se parte de la hipótesis que el saber sobre una situación dada existe antes que nada en los actores implicados, y no en los conceptos externos del profesional de las ciencias sociales. No es tarea de los “científicos” definir la identidad de los colectivos ni las fuerzas que operan allí, sino es trabajo de los actores que, según Garfinkel, son grandes metodólogos de sus vidas cotidianas.  

Más recientemente, uno de los aportes más pertinaces y originales en este esfuerzo de demolición de las dicotomías tradicionales, ha sido llevado a cabo por los trabajo de Luc Boltanski y Laurent Thèvenot. En De la Justification (pero antes aquí, y desde un perspectiva de los estudios de la ciencia acá) los autores abordan la cuestión de la crítica de una manera completamente inaudita respecto a los planteamientos de Bourdieu, que por lo demás fue durante años el padre intelectual de Boltanski. Diferenciándose de la sociología crítica representada por Bourdieu, Boltanski y Thèvenot buscan construir narraciones que vuelvan visibles (pero sobre todo existibles) las competencias de los actores. En vez de suponer que los científicos sociales monopolizan los significado de nociones como “cultura”, “sociedad”, “dominación”, “medios de comunicación”, etc. el interés es describir cómo esas categorías son debatidas, co-construidas y movilizadas por los propios individuos.

Digámoslo de otra manera más provocadora: a pesar de la fantasía de muchos científicos sociales, los sujetos que estudiamos no necesitan de sociólogos para juzgar la validez de una situación. Solamente recurren a ello cuando quieren “equipar” o hacer más robustos ciertos pensamientos, a través de modelos estadísticos, gráficos, etc.  Y es que muchas veces los grandes exámenes críticos de la sociedad pierden de vista esa expertise profana que poseen los individuos, como si los pomposos modelos explicativos fueran más relevantes que las categoría con las que viven los actores que supuestamente estudiamos.  

Esta dosis de omnipotencia del científico social, se debe probablemente a que las ciencias sociales no han tomado todavía entera conciencia del carácter preformativo del saber que producen: las teorías y conceptos generados por los científicos sociales son permanentemente utilizadas y reconfiguradas por los propios actores. Al mismo tiempo que las ciencias sociales realizan una operación constitutiva  de la realidad (haciendo visible ciertas entidades y relaciones antes inexistentes) los individuos se sirven del saber producido por los científicos para  situarse, comprender y criticar el mundo donde viven. Los individuos juguetean día tras día con teorías sociológicas y las ponen a prueba sin necesidad de decir que hacen sociología comparada o ciencia política de los regimenes autoritarios. Así, paradojalmente, muchas veces es el cientista social el que debe «de-sociologizar» a los actores para poder entrar en un dialogo no conceptual.  ¿Qué sería de la clase obrera francesa, por ejemplo, sin los trabajos de Bourdieu sobre la Miseria del mundo? ¿Qué sería de las reivindicaciones de minorías de todo tipo sin las categorías, estadísticas, etc. elaboradas por profesionales de las ciencias sociales?  A lo que voy es que el saber de las ciencias sociales no es una mera descripción de la realidad, sino que contribuye y participa junto a los actores en la construcción del mundo, en el proceso de hacer existir los hechos que ella misma describe.

Más que un saber crítico (en el sentido de Bourdieu) que se situaría más allá de los actores para mostrarles sus determinantes sociales, el esfuerzo más interesante para las ciencias sociales es poder producir un saber de la crítica, como tan bellamente lo ha sostenido Boltanski y Thèvenot (a pesar que en su último libro Boltanski haga un paso hacia atrás). Este paso de la sociología crítica a la sociología de la crítica releva a mi juicio tres aspectos que me parecen fundamentales de subrayar:

1.    Partiendo de la base que los individuos tienen acceso a recursos críticos (aunque siempre distribuidos de manera desigual en la sociedad) que son movilizados de manera permanente en situaciones conflictivas, en los affaires de la vida colectiva o individual, el rol del cientista social consiste en restituir las pluralidad de formas que puede adoptar la critica en la sociedad, y las permanente formas de justificación que les acompañan. El interés de una perspectiva pragmática sería tomar en serio estas capacidades críticas, observar las diferentes “texturas” y trayectorias que estas adoptan, los materiales argumentativos movilizados y las referencias en las que se basan. Un saber de la crítica implica, de cierta manera, un trabajo de humildad, al situar la reflexividad del lado de los individuos y no solamente en los profesionales de la sociología. Sin embargo, y como lo ha señalado Boltanski en su último libro, es importante señalar que este trabajo de restitución de la crítica no implica contentarse con la reconstrucción de los puntos de vista de los individuos solamente, sino que éste trabajo de explicitación contribuye de manera importante a explorar las condiciones de posibilidad para que la crítica se despliegue en el espacio público.

2.    Este trabajo de “arqueología de la crítica” tiene implicancias importantes en términos metodológicos. Antes de yuxtaponer variables externas a los individuos que estudiamos, el esfuerzo consiste en encontrar las herramientas que permitan tomar en cuenta las categorías de los individuos estudiados. Nuestros análisis deben ser una prolongación de los análisis ya realizados por los propios actores. En ese sentido, es necesario adoptar una posición de acompañamiento, no de exterioridad o ruptura epistemológica como diría Bourdieu. Aunque no lo parezca, el trabajo de acompañar no es en lo absoluto fácil, pues implica partir de la hipótesis, fuertemente pragmatista y en oposición al transcendentalismo kantiano, de que las cosas no están dadas ni preexisten, sino que se construyen siempre en situación, pues son antes que nada los individuos los que viven los problemas.

3.    Pareciera ser que el miedo de las ciencias sociales a la pérdida de autoridad de sus argumentos científicos, es lo que ha conducido a subestimar el trabajo analítico que hacen los propios actores.  Una ciencia social de la crítica permitiría no sólo situar la expertise profana como objeto de estudio válido para observar los “modos de vida” que puede adoptar la crítica en la sociedad actual, sino también permite repensar muchas categorías tradicionales con las cuáles los científicos sociales han operado sin mayor cuestionamiento. Por ejemplo, antes de aplicar saberes ya constituidos sobre lo que es una democracia, lo interesante desde esta perspectiva es ver cómo se equipa individual y colectivamente la experiencia de la democracia. A través de qué tipo de controversias y conflictos, por medio de qué dispositivos y prácticas, instituciones y saberes,  se construyen eso que llamamos democracia. Estudiar la “democracia en situación” permite restituir justamente el trabajo colectivo que hacen los actores por actualizar un estado de cosas que requiere mucho más que declaraciones de principio o instituciones transparentes.    

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